Jovellanos o el patriota

ROGELIO LÓPEZ BLANCO

Manuel Fernández Álvarez, Jovellanos o el patriota, Espasa, Madrid, 2001, 300 páginas.

 

Con la autoridad académica, el dominio y la amenidad que caracterizan su obra, el historiador Manuel Fernández Álvarez aborda –en esta ocasión– la figura de Gaspar Melchor de Jovellanos, cima de la Ilustración española.

Se trata de la biografía de un hombre sobresaliente cuyo ascenso al más alto rango de la política se vio brutalmente cortado por la vorágine que la revolución francesa desató en Europa y que acabó convirtiendo un mundo aparentemente en orden en un espacio en permanente incertidumbre durante años.

Como las buenas biografías, la de Jovellanos está perfectamente incardinada en el tiempo que le tocó vivir. Sólo así se pueden valorar los desafíos y la labor desarrollada por el protagonista y, en ese caso, hay que repetirlo, las circunstancias le sometieron a las más duras pruebas, defenestraciones, destierros o el encarcelamiento sin juicio durante siete años. Tan sólo esto es muestra del calado de sus iniciativas y el arrojo de las opciones por las que se vio obligado a decantarse, desde la defensa del amigo caído en desgracia ante la Corona (Cabarrús) hasta su apuesta contra los franceses pese a los cantos de sirena de unos amigos que veían que José I podía encarnar la oportunidad de implantar las reformas liberales que España necesitaba. Ante aquel rodillo implacable que representaba Napoleón, Jovellanos decidió alinearse con el bando "perdedor", al menos en aquel momento, lo que, a la postre, le acabó costando la hacienda y, más tarde, la propia vida.

Fernández Álvarez vertebra la biografía a través del cursus honorum del ilustrado, desde los años de infancia y juventud hasta los de formación se va desgranando su progresiva vocación por lo público y por el interés en la modernización de España, entendida en su sentido más avanzado, hay que subrayarlo: desarrollo económico a través de la explotación de los recursos naturales, con el imprescindible complemento del desarrollo de las comunicaciones; extensión de la educación y la cultura; y renovación, por la vía reformista, del sistema político, optando por la más pragmática de las versiones, la británica.

En el volumen aparecen dos constantes estrechamente engarzadas que es preciso destacar. La primera, relacionada con la referida carrera pública, plantea una cuestión de amplia perspectiva histórica: que los lazos familiares y las relaciones de paisanaje, junto a sus cualidades y preparación, fueron palancas decisivas en el ascenso social y profesional de Jovellanos. Se trata de un tipo de cooptación para la incorporación a la élite del poder que se prolongará a lo largo del XIX y principios del XX en la conocida fórmula de patronazgo o clientelar. La otra cuestión se refiere a la distribución del poder territorial en la España durante el mismo período cronológico. Asturias, una región relativamente marginada por sus dificultades de comunicación, gracias a sus recursos naturales, principalmente el carbón, pasó a desempeñar un papel de primera fila en el desarrollo industrial español. Jovellanos, que siempre veló por su región estudiando en profundidad sus posibilidades, supo anticipar de inmediato la proyección de la actividad minera y volcó todo su ímpetu creativo, que no era poco, en desarrollarla (Instituto de Minerología y Náutica de Gijón, 1794) y en aunar los esfuerzos de todos sus paisanos con riqueza y ascendiente para hacerlo realidad, obteniendo el respaldo de la Corte en tan ambicioso y clarividente proyecto.

Es posible que fuera Jovellanos quien hiciera comprender a las élites asturianas la necesidad de crear el grupo de interés regional que jugó un importante papel en el avance económico de la región y de España. Las bases de esta actitud están muy próximas a lo que Mesonero Romanos recordaba en Memorias de un sesentón  acerca de que el bufete de su padre en Madrid se dedicaba a tramitar y gestionar en la Corte de Carlos IV los intereses de la Universidad de Salamanca y de importantes personalidades, sobre todo hacendados de la provincia. Se constata así que Madrid aparece esbozando su vertiente de capital, como una suerte de gran mercado en el que concurren los representantes de los nacientes grupos de presión y poder para la gestión o disputa de productos y bienes político-administrativos (puertos, carreteras, universidades...).

En definitiva, con este excelente trabajo de Manuel Fernández Álvarez el lector culto disfrutará de la vida de uno de esos españoles patriotas que se entregaron con denuedo en el proyecto de reforma económica política y educativa que planteaba, cien años antes que los regeneracionistas, la agenda de la modernización española, mostrando además una superior cautela y sentido de la realidad en el aspecto político que probablemente hubiese dado mejores resultados que los radicalismos estériles que lastraron dicho proceso.

ABC Cultural, 22 de julio de 2001